El funambulista

Ahí estaba yo… Un gran abismo a mis pies y mi cuerda. La de siempre. La que tantos años me ha acompañado en esto. Estoy nervioso pero sobre todo estoy muy triste. Es la última vez que voy a cruzar un barranco como este, la última vez que voy a poner a prueba mi equilibrio y mi coordinación. Mis nervios. Una vez que esté al otro lado -que lo estaré- todo habrá terminado para siempre. Aún no me lo creo. Y no quiero. No quiero dejar de hacer esto. Muchas veces he estado al borde de la muerte, a punto de caer, pero aún asi esto es mi vida. No comprendo por qué he de dejarlo. No soy mayor ni tengo ningún impedimento. Tampoco sé por qué lo hago. No me gusta. Y pocos son los que saben que me dedico a esto en mis ratos libres, es un secreto… Mi trabajo es otro. Un trabajo normal con el que gano dinero y me busco la vida.

Me siento como un torero ante su última faena. Ahí estoy yo. Solo ante esto. Desnudo de cintura para arriba, con unas mallas cubriendo mis piernas y descalzo. Mi figura esbelta, fibrada, pero extremadamente delgada llama la atención entre el paisaje. Me asomo al abismo y siento vértigo. Respiro hondo. Cierro los ojos…

Pongo mi pie derecho sobre la cuerda, como siempre… Aguanto unos segundos la respiración y me detengo. Luego el otro pie con cuidado. Es entonces cuando alzo mis brazos para garantizar el equilibrio. Ya estoy en ello.

Avanzo con paso firme unos metros. En un punto me detengo y cometiendo una temeridad miro atrás. La cuerda va desapareciendo tras de mí según voy avanzando… Sin embargo por delante sigue igual de tensa violando toda ley física. ¿Qué pasa? Tanto tiempo haciendo esto debe haberme trastornado.

Entonces recuerdo cuando compré la cuerda con tanta ilusión. Todo lo vivido junto a ella. La de veces que pensé que sería mi compañera en la muerte, que sería la ultima cosa que vería antes de caer para siempre. Ese pensamiento evoca una profunda tristeza en mi y una lágrima recorre mi mejilla, como si el resto le hubiesen otorgado una misión de exploración, ya que llegan más detrás.

Respiro hondo de nuevo. He de seguir. No hay viento y eso es bueno. He de aprovechar. Pero, ¿qué me espera al otro lado? No lo sé. Intento divisarlo pero mis ojos empapados no me permiten distinguir mucho.

No tengo elección. He de seguir. Cierro mis párpados y continúo la travesía guiado por mi corazón y mis pies, y por la sensación de cada músculo de mi cuerpo perfectamente entrenado para esto.

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